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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Como piedras vivas

Nuestro modelo de piedra viva es Jesucristo, la piedra angular sobre la cual todo el edificio es edificado. El está vivo con la vida de Dios y es nuestra fuente de vida «porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad» (Col 2.9)

La sola idea de piedra viva es una contradicción porque sencillamente no hay nada más muerto que una piedra. No se mueve, no respira, está fría. Pero esto no debe sorprendernos. El evangelio está lleno de nociones que contradicen a los conceptos del mundo, pues Jesús mismo fue puesto por «señal que será contradicha» (Lc 2.34). Por ello, la vida del cristiano está llena de lo que para el mundo son contradicciones, según dice Pablo: «como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo» (2 Co 6.8-10).

Nuestro modelo de piedra viva es Jesucristo, la piedra angular sobre la cual todo el edificio es edificado, (Is 28.16; 1 Pe 2.6). Está vivo con la vida de Dios y es nuestra fuente de vida «porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad» (Col 2.9).

La piedra no escoge su lugar sino es colocada por el arquitecto de acuerdo a la ubicación prevista en sus planes. Estamos vivos gracias a la vida que recibimos de Él cuando nacimos de lo alto. Como la vid transmite su vida a todos los renuevos que brotan en ella, así también nosotros tenemos vida si permanecemos en Él como sarmientos en la cepa (Jn 15.4-5).

Nadie es piedra viva para sí mismo, sino para ser utilizado en la edificación de la casa espiritual que Dios está construyendo para morada suya entre los hombres (Ef 2.22). El modelo de su construcción es el que vio Moisés en el espíritu y que sirvió también para el tabernáculo del desierto (Ex 26.30) y para el templo que edificó Salomón (Hb 8.5), hecho éste de piedras muertas.

Las piedras con que se construye el nuevo templo espiritual han sido sacadas de la cantera situada en el desierto que es el mundo, morada de búhos y chacales (Is 34.14-15). Cristo nos rescató del reino de las tinieblas y nos trajo al reino de su luz admirable (1 Pe 2.9), al valle florido donde se construye su templo.

Pero, antes de ser utilizados en su edificación, tenemos que ser tallados por Él. Primero a golpes potentes de mazo, luego, a medida que vamos tomando la forma que Él requiere, con cinceles cada vez más finos y golpes cada vez más precisos, hasta que por fin estamos listos para ser colocados en el sitio que Él ha previsto. La piedra no escoge su lugar sino es colocada por el arquitecto de acuerdo a la ubicación prevista en sus planes. Si la piedra se pusiera a discutir y se negara a ser colocada en su sitio, correría el peligro de ser descartada.

Una vez puesta en el lugar destinado, la piedra colabora en el equilibrio de las fuerzas dinámicas que rigen la construcción. La piedra soporta la presión de los bloques que están encima y, a su vez, es soportada por los que están debajo y a sus lados. Así, nosotros colaboramos con el sostenimiento del edificio «soportándonos unos a otros y perdonándonos unos a otros» (Col 3.13), y tratando de no ser un peso excesivo para las piedras que, a su vez, también nos soportan. La piedra debe encajar perfectamente en su sitio. Si no encaja bien hace peligrar la estructura del edificio y tendría que ser desechada. Así también, nosotros, lo seremos igualmente si somos tercos y nos rebelamos contra las presiones que nos toca sobrellevar.

La piedra, una vez puesta en la pared, sufre sin quejarse ni protestar los embates del mal tiempo, del viento, la lluvia y la nieve. Está allí precisamente para eso, para guarecer el interior del templo. ¿Qué sería del edificio si las piedras del muro, asustadas por los embates de la tempestad, quisieran retirarse a un sitio más protegido? No obstante, los bloques de piedra pueden resistir porque han sido «fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad» (Col 1.11). Así como el alfarero nunca fabrica dos cántaros iguales, Dios nunca crea dos piedras iguales. La piedra que está en contacto con el mundo es machucada, golpeada, rayada por los transeúntes, pero, llena del amor de Dios «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13.7). En todo edificio bien construido hay piedras de diversas formas. Así como el alfarero nunca fabrica dos cántaros iguales, Dios nunca crea dos piedras iguales.

Las piedras cumplen, asimismo, diversas funciones de acuerdo a sus distintas formas. Si así no fuera, el edificio no sería «funcional», sino una construcción monótona, amorfa e inútil. «Si todo el cuerpo fuese ojo ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído ¿dónde estaría el olfato?» pregunta Pablo en primera a Corintios (12.17).

Hay piedras que son cimientos: los apóstoles y profetas (Ef 2.20). Hay piedras que son columnas: sostienen las estructuras (Gá 2.9). En la base de las columnas hay piedras cuadradas, sólidas; hay piedras cilíndricas y bien pulidas en la espiga; otras son capiteles, de variadas formas, artísticamente labradas. Ellas alegran y dan vida al conjunto. Hay piedras curvas que forman parte de los arcos, unen una columna con otra, o muro con columna. La esbeltez de los arcos parece desafiar las leyes de la mecánica. El trazo de las uniones requiere osadía y firmeza, pero sin ellas el edificio no podría adquirir altura ni amplitud (Hab 3.19).

En los arcos y en las bóvedas hay piedras claves, colocadas en el medio, sin las cuales unos y otros se derrumbarían. Han sido cinceladas con gran precisión y colocadas con todo cuidado para que encajen perfectamente en el centro, sin inclinarse ni a un lado ni al otro. Son como balanzas fieles. Así hay cristianos que son llamados a juzgar entre hermano y hermano y deben hacerlo sin distinción de personas (St 2.9).

En el edificio hay piedras macizas, otras talladas en filigrana. Hay piedras visibles, admiradas por todos; hay piedras ocultas, cuya existencia nadie conoce, pero son las más necesarias. Son los intercesores que se colocan en la brecha por otros (Ez 22.30).

Hay piedras donde resuena la alabanza: son los músicos y cantores (Sal 95.1-3; Sal 150). Hay piedras en los vitrales, por donde entra la luz que ilumina a otros: son los maestros (2 Ti 2.2). Hay piedras en las puertas, por donde entran los convidados a la boda: son los evangelistas (2 Ti 4.5).

Hay piedras en las bóvedas que coronan el edificio, exaltadas (Jb 36.7). Hay piedras humildes, colocadas en el piso, por donde la congregación camina y que todos pisan. En el último día serán las más apreciadas (Lc 13.30).

Pero todas juntas forman el templo que Dios construye para morada suya. Como sus piedras son vivas y no muertas tienen una propiedad maravillosa: no sólo han sido edificadas como casa espiritual, sino también como «sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios» (1 Pe 2.5). Jesucristo es la piedra angular «en quien todo el edificio bien coordinado va creciendo»«fruto de labios que confiesan su nombre» (Hb 13.15). Además, en el sitio que Dios les tiene asignado, ofrecen sacrificios de ayuda mutua, de los que Dios se agrada (Hb 13.16).Jesucristo es la piedra angular «en quien todo el edificio bien coordinado va creciendo» (Ef 2.21). Si el edificio no crece en Cristo, tiene que ser desechado. Si se pone otro fundamento, es un templo falso. Hay tantos de estos templos falsos en el mundo que atraen a la gente, que han sido construidos sobre fundamentos engañosos. Sus piedras se creen vivas pero están muertas.

Nosotros queremos sacarlas de su engaño, limpiarlas de sus ídolos y traerlas a nuestro templo. Tenemos el mandato de Cristo para hacerlo y podemos lograrlo porque nuestro templo es un templo vivo, del que brotan aguas «debajo del umbral de la casa» (Ez 47.1), de la roca misma, que es Cristo (1 Co 10.4). Además, esta agua fluye hacia los campos resecos del mundo, primero como un riachuelo que poco a poco se va anchando, pero que luego aumenta hasta convertirse en un río de agua viva, en cuyas riberas «crece toda clase de árboles frutales, cuyas hojas nunca caen, ni falta su fruto» (Ez 47.12). Y toda alma que nade en esas aguas y beba de ellas vivirá eternamente.

José Belaunde nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal "La Vida y la Palabra", el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Si desea recibir estos artículos por correo electrónico solicítelos a: jbelaun@lavidaylapalabra.com o a jbelaun@terra.com.pe. Página web: www.lavidaylapalabra.com.

¿Cómo ayudamos a las jóvenes?

Una de las maravillosas herencias que nuestro Padre celestial nos ha dado es la identidad, la posibilidad de ser nosotras mismas. Esto lo descubrimos cuando nos acercamos a Dios y tenemos un encuentro con él, no de acuerdo a nuestras propias concepciones, que aunque bien intencionadas probablemente están equivocadas...

Hace poco leí una entrevista a una afamada actriz que con mucha honestidad confesaba la realidad que la abrumaba día a día. La llamaba falta de confianza en sí misma y decía lo siguiente: «Siempre salgo de casa dudando de cada uno de mis actos... es un hábito muy enfermizo» y también añadía: «Admiro a las personas que dicen: «sé quién soy y de lo que soy capaz».

Tal vez la confesión de esta actriz no esté muy alejada de la realidad que viven miles de jovencitas, mujeres adultas, e incluso líderes. Estamos inmersas en un mundo de cambios extremadamente acelerados. Si alguien sale fuera de su país natal y pasa más de dos años en el exterior, debe estar preparada para el impacto emocional que puede causar el ver que lo que antes estaba en ese lugar, una antigua casa, por ejemplo, ya no está, y en su reemplazo ahora hay una inmensa carretera. Hoy se puede demoler un edificio en tan sólo horas y en pocos meses levantar otro, cuya estructura y tamaño dista mucho del anterior. En cuestión de segundos uno puede comunicarse con cualquier parte del mundo y cada evento o noticia se puede conocer en forma instantánea y hasta simultánea. Existe a nuestro alrededor un mundo que ofrece muchísimo, pero también demanda otro tanto con intereses.

Para muchas personas estos cambios y avances vertiginosos son fascinantes, pero para otras son una amenaza y pueden causarles una gran inseguridad. Hace algunos días alguien me preguntó: «¿Cómo ayudamos a las adolescentes?» Si lográramos que cada adolescente y cada mujer pudieran decir: «Sé quién soy», creo que estaríamos acercándonos a una respuesta. Una jovencita amiga me envió ayer unas fotos de muchachas, aparentemente modelos, que simbolizan precisamente nuestro contradictorio mundo moderno: jóvenes de sociedades desarrolladas que han elegido una apariencia de desnutrición extrema donde el alimento abunda, tal vez como una protesta pasiva ante las exigencias que el mundo de la moda ocasiona a sus protagonistas. Es increíble observar mujeres bien vestidas con cuerpos como los de niños o personas en países de extrema pobreza, sus huesos asomándose entre las telas que las cubren. El problema es que esta imposición ya ha entrado en muchos hogares, en los que los hijos, en especial las hijas adolescentes, deciden dejar de comer para lucir a la moda. Si lográramos que cada adolescente y cada mujer pudieran decir: «Sé quién soy», creo que estaríamos acercándonos a una respuesta.

Una de las maravillosas herencias que nuestro Padre celestial nos ha dado es la identidad, la posibilidad de ser nosotras mismas. Esto lo descubrimos cuando nos acercamos a Dios y tenemos un encuentro con él, no de acuerdo a nuestras propias concepciones, que aunque bien intencionadas probablemente están equivocadas, sino de acuerdo a la forma en que él mismo se reveló a los seres humanos, creados a su imagen y semejanza. Dios nos muestra quién es a través de su Hijo Jesucristo y de su mensaje escrito en la Biblia.

Me inspira profundamente la genialidad de nuestro Dios. En el relato cuando se le aparece a Moisés desde un arbusto que no dejaba de arder, Dios le pide que vaya a hablar al pueblo de Israel y lo lidere en su liberación. Moisés estaba preocupado por hacer saber al pueblo quién le había enviado y necesitaba una evidencia. Era esencial comenzar, entonces, preguntando el nombre. Evidentemente Moisés no conocía a Dios, no en forma personal.

También muchas de nosotras al hablar con otros casi automáticamente, agregando un poco de cordialidad, decimos: «¿Con quién tuve el gusto?» Nuestra intención es simplemente grabar el nombre de nuestro contacto como garantía de que efectivamente lo contactamos. Pero a Moisés se le olvidó ser un buen político y decirle a Dios: «Perdón, ¿con quién tuve el gusto?» Sin embargo, Dios no se inmutó por la pregunta ingenua y le respondió: «Yo soy el que soy… Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: "Yo soy me ha enviado a ustedes."» (Ex 3.14) Seguramente Moisés pensó: «Bueno, esta respuesta no me ayuda mucho». «Entonces Moisés volvió a preguntar: ¿Y qué hago si no me creen ni me hacen caso?» (Ex 4.1a) Pero al final del capítulo leemos lo siguiente: «…el pueblo creyó. Y al oír que el Señor había estado pendiente de ellos y había visto su aflicción, los israelitas se inclinaron y adoraron al Señor» (Ex 4.31)

Mi vida cambió radicalmente cuando una amiga me habló de un Dios real que deseaba ser mi amigo, mi padre, y estar cerca de mí siempre.

Nuestro Padre celestial está profundamente interesado en que los seres humanos vivan en relación con él, su creador. No hay otro que pueda inspirarnos mayor seguridad. Al inicio de mi adolescencia yo no era una persona segura. Creo que las palabras de la actriz, con las que comencé el artículo, eran un reflejo de mi vida en esa época. Si mis amigas decían: «esto es bueno», yo lo hacía; si decían: «hay que vestirse así», yo era la primera. No me sentía bien conmigo misma pues realmente yo no existía, era apenas un reflejo de lo que ellas decían. Lo peor es que a ellas les pasaba exactamente lo mismo.

Eran los años convulsionados de la época hippie en mi país natal, Puerto Rico. Sin embargo, mi vida cambió radicalmente cuando una amiga me habló de un Dios real que deseaba ser mi amigo, y estar cerca de mí. Una de las primeras consecuencias de conocerlo fue que empecé a encontrarme a mí misma. De pronto, podía tomar decisiones y descubrir quién era yo y de qué era capaz.

Amiga, usted podrá no sólo ayudarse a sí misma sino también a muchas otras adolescentes si tiene un encuentro con Dios. Él quiere que sus hijas sean personas seguras y les ha dado innumerable cantidad de dones, no para que tengan temor y los escondan, sino para que los muestren al mundo y alumbren a ¡toda la humanidad! Recuerde que el mundo no tiene ningún derecho de gobernar su vida; Dios le ha dado la capacidad de tomar sus propias decisiones, cimentada en Él.

Ciertamente la adolescencia es una preciosa etapa en la vida, con un impacto muy grande en nuestros hijos e hijas. Esa independencia ilusoria, que abruptamente se convierte en el mayor de los tesoros, le ha costado a muchos sus sueños o ha truncado en forma permanente sus vidas a causa de malas decisiones. Si lográramos que nuestras adolescentes se amaran y respetaran a sí mismas, se plantaran ante el mundo entero y dijeran: «Aquí estoy, sé quién soy y adónde voy. Soy amada por Dios» ... les daríamos el mayor de los legados que Dios nos da: una identidad, un propósito real y permanente. Asimismo, prevendríamos muchas situaciones de riesgo a las que la inseguridad las lanza día a día.

Aquí y ahora las invito a ser diferentes, a descubrirse a sí mismas en Dios, a marcar una diferencia y dejar huella en este mundo. ¡Atrévanse!… porque el Dios eterno está siempre con ustedes y las ha hecho capaces.

Llamados a estar en el mundo

Texto Bíblico: Juan 17.14-16

La oración específica del Señor Jesús fue que Dios no nos sacara del mundo y nos protegiera del mal. Si salimos del mundo negamos nuestra vocación.


Las palabras del Señor parecen ser, a primera vista, un poco contradictorias. Por un lado afirma que el mundo ha rechazado a sus discípulos, precisamente porque pertenecen a otro reino enteramente diferente. La diferencia en estilo de vida, en valores y en compromisos, todo se conjuga para poner en evidencia las faltas de los que están identificados con este presente siglo malo. El resultado es, para los que están en Cristo, conflicto y persecución.

En la siguiente frase, sin embargo, Jesús le pide al Padre exactamente lo opuesto de lo que hubiéramos pedido nosotros: que no los quite del mundo. Digo que es lo opuesto de lo que, instintivamente, haríamos nosotros, porque creemos siempre que lo mejor que le puede ocurrir al otro, si está dentro de nuestras posibilidades hacerlo, es que le evitemos pasar un momento de dificultad.

Dios nos ha bendecido para que seamos de bendición a todos los que él pone por nuestro camino para bendecir. Cristo aclara en su oración que los discípulos no son del mundo. Por esta razón no pretende en ningún momento que se sientan cómodos en este entorno. A pesar de esto, muchos hijos del Señor están dedicados a buscar la manera de pasarlo lo más bien posible en la tierra, mientras caminan a la eternidad.

Debemos meditar en este pedido que le hizo al Padre: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.» ¿Cuál es la razón de esta petición? Es que hemos sido llamados a cumplir una misión, no en otro lado, sino en esta misma tierra donde vivimos. Dios nos ha bendecido para que seamos de bendición a todos los que él pone por nuestro camino para bendecir. «Como el Padre me envió, así también yo los envío ahora a ustedes.» (Jn 20.21) Esta es una parte esencial del llamado de todo discípulo de Cristo. No es posible cumplir este llamado si no estamos en el mundo, ¡precisamente rodeados de aquellas personas que nos rechazan!

Debe causarnos un poco de tristeza, entonces, notar que la iglesia en muchas oportunidades se ha aislado del mundo, tomando refugio en una multitud de programas que tienen como objetivo bendecir a aquellos que ya han sido bendecidos. Nosotros, los pastores, imponemos este mismo estilo a los que se convierten, pues ni bien se han insertado dentro del cuerpo comenzamos a cortar todos los vínculos que tienen con la gente del mundo. Decimos que es para protegerlos de la influencia de los que andan en pecado. Lo que en realidad estamos logrando es frustrar la oración de Cristo, que específicamente le pidió al Padre que no sacara a nadie del mundo.

Más bien, debemos buscar la forma para que, estando activamente involucrados en el mundo, Dios les guarde del mal. Esto es lo que pidió Cristo, y no podemos hacer menos que él. Si salimos del mundo, le hemos dado la espalda a nuestra vocación. Y sin vocación de servicio, no podemos ser discípulos.

Para pensar:

¿Tiene usted amigos del mundo? ¿Cuánto tiempo les dedica? ¿Se sienten amados por usted? ¿Cuánto tiempo pasa con sus hermanos en la fe?


jueves, 16 de julio de 2009

Fieles en la palabra

Chris Shaw
Categorías: Liderazgo y Pastoral
Texto Bíblico: Jueces 11.34-35

Es importante que las personas a quienes ministramos vean que somos íntegros en el cumplimiento de nuestra palabra

Jefté nos es tristemente célebre por la necedad del voto que hizo al Señor. Buscando obtener la victoria sobre los hijos de Amón, contra los cuales estaba luchando, se comprometió a ofrecer en sacrificio al Señor lo primero que le saliera a su encuentro al regresar a casa. Nuestro versículo de hoy nos relata el dramático momento del regreso, con su terrible desenlace para el Juez.

Sin perder de vista lo necio que puede ser entrar en este tipo de acuerdos con Dios, debemos rescatar del ejemplo de Jefté un elemento importante, y es que era un hombre fiel a su palabra. No podemos leer su historia sin pensar en el salmista, que preguntaba: «Señor, ¿quién morará en tu santo monte?» Entre las cualidades que incluye en su respuesta, se encuentra aquella persona que, aun jurando en perjuicio propio, no cambia (15.4). ¡Cuán deseable es esta cualidad en la vida de un líder!

Muchas veces, en el apuro y las corridas del ministerio, nos comprometemos con alguna actividad que luego trae inconvenientes a nuestra vida. En otras ocasiones, nos traiciona el deseo de agradar a los demás, y le damos nuestra palabra con respecto a algo. Cuando llega el momento de cumplir lo que hemos prometido, sin embargo, nos damos cuenta de que nos hemos metido en camisa de once varas.

Es importante que las personas a quienes les estamos ministrando vean que somos íntegros en el cumplimiento de nuestra palabra. Esto significa que, aun cuando nos hemos metido en una situación que nos perjudica, mostramos fidelidad en cumplir con lo que hemos prometido hacer. El esfuerzo que hacemos por guardar el compromiso asumido dejará una importante lección acerca del peso que le damos a nuestras palabras, además de demostrar que valoramos profundamente a las personas con las cuales nos comprometemos.

Para pensar:
La solución a este tipo de inconvenientes no es desistir de lo que hemos pactado, sino pensar con más cuidado antes de dar nuestra palabra. Muchas veces quedamos presos de nuestra propia prisa. Antes de asumir un compromiso, tome un tiempo para pensar si realmente es algo que puede hacer. Pídale a la persona que le de un tiempo para orar, si es necesario, antes de tomar la decisión. Esto le evitará asumir compromisos que luego lamentará.

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tomado de : http://www.desarrollocristiano.com/devocional.php?id=1092

martes, 7 de julio de 2009

VIDA CRISTIANA
Justicia para vivir por fé
por Martyn Lloyd-Jones
Los cristianos sostenemos una lucha continua entre vivir según la razón o según la fe. Además, esta batalla se incrementa cuando los sucesos mundiales hacen que nuestro corazón se turbe y busque respuestas a la pregunta: ¿Por qué Dios lo permite? Martyn Lloyd-Jones analiza esta situación y nos ayuda a reflexionar acerca del conocido versículo: «El justo por la fe vivirá» (Hb 2.4).

Habacuc 2.4–20 (especialmente vs. 4, 14 y 20)

La síntesis del pasaje que va desde el verso 4 hasta el final del capítulo, es que los caldeos, a quienes Dios utilizaría como instrumentos para castigar a Israel, serían también castigados y finalmente derrotados. Dios los estaba utilizando temporalmente, pero su fin estaba sellado. Dios iba a humillar el orgullo de los caldeos y aplicarles un terrible castigo. Los detalles ofrecidos en este pasaje describen la arrogancia y bajeza de ese pueblo con tal exactitud que la misma historia secular puede confirmarlo. Para entender la enseñanza debemos subrayar ciertos principios que claramente aparecen en este pasaje.

Dos posibles estilos de vida: el de la razón y el de la fe

El verso 4 dice: «Mas el justo por su fe vivirá». Recordemos que esta importante declaración se cita varias veces en el Nuevo Testamento. Los eruditos discrepan respecto a la traducción exacta de la primera parte del versículo. Puede ser traducido: «Aquel cuya alma se levante (o enorgullece), no es recto» o también como se cita en Hebreos 10.38, donde se indica que Dios no se agrada de aquel cuya alma se retrae, o retrocede (comparar Versión Moderna y V.H-A.). La verdad que declara este versículo es que solo hay dos posibles actitudes hacia la vida en este mundo: de fe y de incredulidad. O conducimos nuestra vida con fe en Dios, y las conclusiones que surgen naturalmente de esa actitud, o nuestro enfoque estará basado en un rechazo de Dios y las negaciones que se derivan de esa decisión. Podemos «retraernos» del camino de la fe en Dios, o por el contrario podemos vivir por fe en Dios. Los mismos términos utilizados sugieren una correspondencia con los dos caminos posibles. Lo que el hombre cree determina la conducta de su vida. El justo, el recto, vivirá por la fe, o dicho de otra manera, el hombre que vive por fe, es un hombre justo. Por la otra parte, el hombre que «se retira» es injusto porque no vive por fe. Aquí nos confrontamos con las dos únicas opciones de la vida, y todos nosotros estamos en una u otra. No importa cuáles sean mis ideas políticas o filosóficas, estas tendrán irremediablemente este común denominador: mi vida está fundada en fe, o no lo está. Si no lo está poco importa cuáles sean mis convicciones, o cuáles mis posiciones políticas, sociales, económicas. Lo que realmente interesa es saber si acepto la regla impuesta por Dios o no. Los famosos capítulos 10, 11 y 12 de la carta a los Hebreos exponen e ilustran esta verdad.

Cuando miramos al mundo de hoy y examinamos el curso futuro de la historia, se presentan dos posibilidades delante de cada uno de nosotros. Podemos observar y meditar sobre lo que vemos y luego, después de leer lo que los expertos políticos y militares, estadistas y demás autoridades opinan, podemos finalmente recurrir a los libros de historia. Como resultado de todo el estudio podremos procurar llegar a conclusiones, y formarnos una opinión propia. Sin duda, este es uno de los motivos por los cuales todos leemos los periódicos. Decimos: Este hombre es un experto; ¿qué opina acerca de este tema? Hubo expertos que dijeron que no habría guerra en 1939. Afirmaban haber estudiado meticulosamente todas las posibilidades, y en su opinión era imposible que Hitler iniciara una guerra. Muchas personas aceptaron esta opinión e hicieron planes y proyectos. Se gobernaban por sus propias opiniones y deducciones, por la aplicación del sentido común y la sabiduría del mundo, o por la perspicacia de ciertos pronosticadores.

Sin embargo, la Biblia claramente nos enseña otra manera de mirar los acontecimientos. Esta enseñanza no se basa en conclusiones derivadas de cuidadosos cálculos del poderío militar que pueda tener una nación. Tampoco se centra en si ha llegado el momento para que tal nación inicie un ataque. ¡La Biblia sólo afirma con sencillez que cierto acontecimiento tomará lugar! No da razones, sólo dice que ha de ocurrir porque Dios así lo ha dicho. Tal es el caso que consideramos tocante a los caldeos. No se ofrecen argumentos ni existe un cuidadoso análisis del poderío de las fuerzas rivales, sino solamente la sencilla declaración de Dios al profeta. El profeta cree esta declaración, y actúa de conformidad a ella.

La inevitable necesidad de elegir entre estas dos alternativas

La vida de cada uno de nosotros se basa en una de estas dos actitudes. O adoptamos la sencilla Palabra de Dios y vivimos de acuerdo a ella, o no la adoptamos. Si protestamos contra la idea de que los profetas pueden predecir el futuro. O si decimos que los milagros y el creer en lo sobrenatural son ridículos en un mundo científico y sofisticado como el actual, solo estaremos retrayéndonos del camino piadoso de la vida. El camino bíblico es un vivir por fe. «El justo por su fe vivirá». Fe significa adoptar la Palabra de Dios y actuar de acuerdo a ella sencillamente porque es la Palabra de Dios. Significa creer en lo que Dios ha dicho precisamente porque él lo ha dicho. Aquellos héroes de la fe listados en Hebreos 11 creyeron la Palabra de Dios sencillamente porque Dios había hablado. No tenían otra razón. Por ejemplo, ¿por qué tomó Abraham a Isaac su hijo y subió al monte Moriah? ¿Por qué estuvo a punto de sacrificarlo? Sencillamente porque Dios le había dicho que lo hiciera.

No obstante, vivir por fe significa mucho más que eso. Significa construir toda nuestra vida sobre la fe en Dios. El secreto de todos aquellos personajes del Antiguo Testamento, es que vivieron «como viendo al invisible» (He 11.27). Prefirieron, igual que Moisés, «ser maltratados con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado» (He 11.25). Por una parte, en la corte de Egipto había sabiduría humana. Por la otra, la sencilla Palabra de Dios que le había revelado a Moisés sus propósitos para el pueblo a quien pertenecía, y el destino para el cual los estaba preparando. Para esa época eran esclavos y eran cruelmente maltratados. Moisés sólo tenía la Palabra de Dios para apoyarse. Sin embargo, desechó la corte del Faraón, y le dio la espalda al futuro promisorio que le ofrecía. Moisés salió, como Abraham, y abandonó su propia patria. Salió «como viendo al invisible». «El justo por su fe vivirá». Estos hombres arriesgaron todo apoyados en la Palabra de Dios. Estaban dispuestos a sufrir por ello y, si fuere necesario, aceptar la pérdida de todo. Muchos de los primeros cristianos enfrentaron la misma alternativa . Tuvieron que enfrentar terribles situaciones. Se les obligaba a decir: César es el Señor, y ellos respondían: No podemos decirlo porque sabemos que no es la verdad; ¡solo hay un Señor, y es el Señor Jesucristo! Las autoridades insistían: Si no dicen que César es el Señor, serán arrojados a los leones. Sin embargo, se rehusaron a hacerlo. ¿Sobre qué base? ¡Sobre la base única de la Palabra de Dios! Creían que cierta Persona había venido a este mundo con gran pobreza en Belén, que había trabajado como carpintero y que luego había muerto en una cruz. También creían que era el Señor de gloria, y que había resucitado de los muertos. En virtud de ello, declaraban que jamás reconocerían a César como el Señor. Lo arriesgaron todo. Murieron por su fe y en la fe.

Esta es nuestra posición como cristianos hoy. La alternativa nos presiona cada vez con más fuerza. ¿Hay todavía personas lo suficientemente insensatas para apoyarse en este mundo y lo que puede ofrecer? ¿Cuál es el principio que controla nuestras vidas? ¿Es el principio de los cálculos? ¿Es la sabiduría del mundo, con un análisis astuto y equilibrado de la historia y del conocimiento humano? ¿O es la Palabra de Dios que nos advierte que esta vida y este mundo solo son transitorios y que ambos son una preparación para el mundo futuro? No nos dice que demos la espalda totalmente al mundo, pero sí insiste en que tengamos un correcto enfoque del mismo. Declara enfáticamente que lo más importante es el reino de Dios. Debemos hacernos, en la presencia de Dios, esta sencilla pregunta: ¿Está mi vida basada en el principio de la fe? ¿Estoy sometiendo mi vida al hecho de que lo que leo en la Biblia es la Palabra de Dios y es verdadero? ¿Estoy dispuesto a arriesgarlo todo, incluso mi vida, basado en este hecho? «Mas el justo por su fe vivirá».

La absoluta certidumbre de la destrucción del mal y el triunfo de Dios

Los cinco «ayes» registrados en este capítulo no solo se aplican a los caldeos sino deben considerarse como un principio universal en la historia. Todo lo que sea malo está bajo el juicio de Dios. A pesar de que los caldeos iban a prosperar por un tiempo, el límite de su éxito ya estaba fijado. El impío podrá triunfar por un tiempo, podrá «extenderse como laurel verde» (Sal 37.35), pero no permanecerá. Su sentencia ya está sellada. Lo que produce perplejidad al pueblo de Dios es, ¿por qué Dios lo permite? Lo hace para llevar adelante sus propósitos, para que el mundo tropiece bajo estos poderes del mal, antes que él demuestre repentinamente su poder y manifieste su propia soberanía. El principio al cual nos debemos aferrar es que Dios está sobre todo. «El camino de los transgresores es duro» (Pr 13.15), ya sean individuos, naciones, o el mundo entero. El hombre del mundo podrá hacerse de una fortuna gracias a prácticas impías en su negocio, y así triunfar. ¡Pero miremos el fin de los impíos! ¡Mirémoslo en el lecho de la muerte; mirémoslo enterrado en la tumba, y pensemos en la agonía de su destino eterno! Deberíamos sentir lástima por los impíos que son lo suficientemente insensatos como para embriagarse con su éxito temporal. Su fin ya está sellado.

Lo mismo ocurre con las naciones. Leemos en los libros de historia secular acerca de los imperios impíos que han surgido y cómo parecían tener a todo el mundo bajo sus pies: Egipto, Babilonia, Grecia, Roma. Recordemos su fin. Durante la era cristiana ha ocurrido lo mismo. Hubo un tiempo cuando parecía que Turquía iba a doblegar a todo el mundo pero finalmente cayó. Nación tras nación se ha levantado para luego caer. Llegó el momento en que la calamidad pronunciada por Dios entró en vigencia. Nosotros mismos hemos vivido en un periodo en que hemos visto este principio en acción. No importa qué es lo que está ocurriendo en el mundo de hoy, el mismo principio sigue operando. Los ayes se pronuncian sobre los caminos de todos los que se oponen a Dios. Están condenados. Podrán tener gran prosperidad temporal, y debemos así esperarlo. Podrán cabalgar por el universo, pero así como surge su estrella, también se ha de apagar. El ay, el juicio, la condena de Dios sobre el impío, es irrevocable.

Volvamos ahora al aspecto positivo de esta verdad (v. 14), leemos: «Porque la tierra está llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar». No corresponde a ninguno de nosotros intentar predecir lo que va a ocurrir en detalle, pero podemos estar seguros de este gran hecho, que es, la victoria final de Dios. Sí, los paganos podrán rabiar, y los pueblos imaginar cosas vanas. «Pero yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte» (Sal 2.6). Los enemigos de Dios y su pueblo podrán amotinarse, y todas las apariencias podrán señalar hacia la exterminación de la Iglesia cristiana. Sin embargo, viene el día cuando «en el nombre de Jesús» se doblará «toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2.10,11). Con toda certeza, la tierra será llena de la gloria de Dios. El maligno será derrotado y arrojado al lago de fuego; todo lo que se opone a Dios, será destruido y habrá «cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3.13). La ciudad de Dios descenderá y los justos entrarán en ella. Todo lo impuro quedará fuera, y Dios será el todo en todos. El triunfo final de Dios es seguro.

¿Cuál es entonces nuestra conclusión final, a la luz de todo lo que hemos considerado? «¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?» (v. 18). ¡Dios nos guarde de confiar o encomendarnos a cualquier poder que no sea Dios mismo, o a cualquier ídolo que los hombres puedan levantar! «Ay del que dice al palo: Despiértate, y a la piedra muda: ¡Levántate! ¿Podrá él enseñar? He aquí está cubierto de oro y plata, y no hay espíritu dentro de él» (v. 19). ¡No pongas tu confianza en absolutamente nada que sea del hombre! ¡Sólo confía en Dios!

«Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra» (v. 20). No solo los paganos deben callar y guardar silencio, sino también los cristianos. No debe haber ninguna duda, inquisición o incertidumbre acerca de la bondad, la santidad y el poder de Dios. No debemos preguntar con tono de queja, ¿por qué permitió Dios que esto sucediera?, tampoco, ¿por qué hace Dios tal cosa? Considera la palabra que Dios le dio al profeta. Mira a Dios. Mira a lo absoluto y final. Tapemos con la mano nuestra boca que está tan pronta a hablar con insensatez. Tomemos conciencia que él está en el templo del universo, Dios sobre todo. Humillémonos silenciosamente e inclinémonos delante de él para adorarle. Magnifiquemos su gracia, su poder, su bondad, y esperémosle a él con paz y calma en el corazón.

Tomado y adaptado del libro Del temor a la fe, Martyn Lloyd-Jones, Editorial DCI - Hebrón.


Mímalos antes de nacer
por Elena Calderón Zúñiga
¡Un nuevo hijo! Con esa noticia, también llega una nueva responsabilidad. Su responsabilidad inicia antes de que él nazca.

Los adelantos que la medicina y otras áreas del quehacer humano han experimentando durante los últimos años le han otorgado a las incipientes generaciones un lugar de privilegio en la historia. Desde el descubrimiento de la penicilina hasta el desciframiento del majestuoso genoma humano, cada paso constituye un logro sin precedentes.

Sin duda alguna, si aplicamos los avances científicos a la exploración del fascinante mundo de la vida intrauterina, es imposible dejar de maravillarse. Por ejemplo, de acuerdo con el pediatra Martínez Matos, en su artículo «Aprendizaje prenatal», ya se ha comprobado que el feto puede moverse, sentir, oler, saborear y ver; un conocimiento que se contrapone al viejo concepto de un desarrollo prenatal inactivo. Partiendo de este maravilloso hallazgo, surge cada vez con mayor ímpetu el interés de muchos profesionales y padres de familia en conocer, con detalle, cómo pueden enriquecer los vínculos afectivos y estimular la capacidad receptiva de la nueva criatura.

Mímelos desde el vientre

La noticia de un embarazo puede resultar una verdadera sorpresa para algunos y un sueño hecho realidad para otros. Empero, la vida en gestación es digna de ser mimada y los padres podemos contribuir con el desarrollo de su potencial y de su crecimiento.

Durante el primer trimestre de vida, es importante estrechar los vínculos afectivos entre padres e hijos. Conversaciones amorosas con el bebé en formación pueden contribuir con un desarrollo emocional adecuado a la postre, pues a través de ellas se transmiten los sentimientos de aceptación y cariño.

Los investigadores han encontrado que durante el segundo trimestre de gestación, un mayor desarrollo sensorial le permite al bebé dar significado y posteriormente identificar, estímulos externos como la voz de la madre y del padre. Frases cariñosas como «buenos días bebé, soy mamá», «soy papá y te amo mucho», «eres muy importante para nosotros», son excelentes herramientas para incentivar su capacidad receptiva a través de mensajes cargados de afectividad. En el caso de que papá sea el que converse con el bebé, se recomienda que se acerque al abdomen de la madre de una manera sutil mientras está hablando.

Además, numerosos artículos mencionan que al parecer los bebés responden agradablemente a las canciones de cuna y particularmente a la música clásica. Durante los dos últimos meses de gestación, se pueden utilizar audífonos. Estos se deben colocar en la parte baja de cada lado del abdomen, en dirección a la línea del bikini.

Durante el tercer trimestre se le puede enseñar que sus movimientos pueden estimular una respuesta. Cuando se percibe un movimiento, podemos anunciarle «el bebé está pateando» mientras frotamos suavemente el abdomen. Cada movimiento se convierte en una oportunidad para fortalecer el vínculo afectivo con el bebé en gestación.

Los cuidados de la madre son esenciales

Los cuidados que la madre debe seguir durante el embarazo son esenciales para el desarrollo idóneo del bebé. Los consejos sobre lo que la madre debe o no hacer durante el embarazo son incontables. Por esa razón es importante que la nueva mamá se informe sobre las variadas maneras en que puede cuidar su salud y la de su bebé.

El doctor Francisco Rodríguez Varela, ginecólogo y profesor universitario, considera que un control prenatal temprano y frecuente, puede favorecer la detección de complicaciones, que podrían arriesgar la vida del bebé. Chinearlos también es parte de cuidar su salud.

Tome en cuenta:

  • Mantenga una alimentación nutritiva.
  • Persevere en la ingesta abundante de líquido.
  • Sométase a una actividad física moderada (debe ser supervisada por su médico)
  • Disfrute hablar con su bebé mientras acaricia su abdomen.
  • Sienta sus movimientos y sonría, a pesar de las posibles incomodidades por los cambios físicos.
  • Cántenle a coro en familia y recuérdele a cada momento cuánto lo aman, es el mejor chineo que él, ella o ellos pueden recibir.

La autora es psicopedagoga Enfoque a la Familia, Costa Rica. www.enfoquealafamilia.com.


Solamente administradores
El líder maduro va a buscar siempre lo que más le conviene a su gente, aun cuando esto le quite «prestigio» a su propio ministerio.

Texto Bíblico base: Juan 3.26-27

Hacía 400 años que no se había visto en Israel un profeta con un mensaje como el de Juan el Bautista. Su aparición, a orillas del río Jordán, rápidamente atrajo a personas de toda la región. Con el pasar de los días y las semanas, grandes multitudes acompañaban al profeta.

Todo esto cambió cuando apareció el Mesías. Con su llegada, había concluido la misión del Bautista, y al poco tiempo las multitudes acompañaban a Aquel que había sido bautizado por el profeta. Los más leales seguidores de Juan veían con tristeza como la gente lo abandonaba y se le acercaron para instarlo a tomar cartas en el asunto. Detrás del reclamo de los discípulos de Juan está la convicción implícita de que Jesús se estaba robando la gente que el profeta había ganado con su propia predicación.

En la respuesta de Juan vemos una de las razones por las cuales Cristo elogió tan profundamente su vida. Juan entendía que uno persona no se «gana» las cosas por sus propios méritos, ni tampoco con sus esfuerzos. Todo lo que recibió vino del Padre, cuyo corazón es uno de inmensa misericordia. Las multitudes le fueron prestadas por un tiempo, pero que en cualquier momento el Padre podía quitárselos porque no eran, en definitivas, del profeta sino de Dios. Por esta razón no opuso resistencia, ni tampoco se llenó de amargura cuando la gente empezó a congregarse alrededor del Cristo.

Muchas veces, como pastores, actuamos como si las vidas de las personas nos pertenecieran. Nos tomamos el atributo de poder imponerles nuestros planes y gustos, y decidimos sobre ellos como si fuéramos sus amos. La gente, sin embargo, se resiste a este tipo de trato y bien pronto demostrarán su insatisfacción.

Cuán diferente era la actitud de Juan. Lejos de amargarse, el profeta actuó con el desprendimiento y la generosidad de quien tiene los mejores intereses para los demás en su corazón. ¡Cómo oponerse a la fuga de las personas, si les convenía mil veces estar cerca de Cristo y no de él!

El líder maduro va a buscar siempre lo que más le conviene a su gente, aun cuando esto le quite «prestigio» a su propio ministerio. Tendrá siempre presente que, así como los hijos le son confiados a los padres por unos años, también su gente le ha sido prestada por un tiempo . Tienen libertad para moverse y actuar conforme a lo que entienden que es la voluntad de Dios para sus propias vidas. Aun cuando se equivoquen, el líder respetará esa libertad que Dios también le ha otorgado a él mismo.

Para pensar:
¿Cómo actúa usted cuando le da sugerencias a la gente que pastorea? ¿Qué reacciones tiene cuando ellos rechazan sus consejos, o escogen un camino diferente al señalado? ¿Qué evidencias hay de que su gente tiene plena libertad para decidir como quiera? ¿De qué recursos puede valerse usted para cultivar más esta libertad en ellos?

Autor: Christopher Shaw. Producido y editado por Desarrollo Cristiano Internacional para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2008 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.


domingo, 21 de junio de 2009

Entre pecadores
por Apuntes Pastorales
Debemos trabajar sin descanso para que cada uno tenga la misma pasión y vocación de servicio que Cristo formó en los primeros discípulos. Cuando la Iglesia completa se ponga en pie, ¡se habrá despertado un verdadero gigante!

Jesús amó a los pecadores

No hay forma de que podamos escapar de esta realidad: Él pasó mucho tiempo en compañía de pecadores. En una escena, seguramente representativa de otras tantas, lo observamos sentado a la mesa, rodeado de recaudadores de impuestos y pecadores (Mt 9). Los fariseos se escandalizaron por la aparente frivolidad de esta costumbre, y lo descalificaron como «un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores» (Mt 11.19). No obstante, él insistió que no había venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, porque «los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos» (2.17). Los pecadores representaban la esencia de su misión.

Su firmeza en este punto nos incomoda un poco en el contexto de la Iglesia que conocemos hoy, porque la maldad que vemos en el mundo nos ha llevado a refugiarnos en nuestras reuniones y relacionarnos solamente con aquellos que tienen los mismos valores que nosotros. Frente a las manifestaciones más groseras de pecados sentimos desesperación, como si fuera razonable esperar que un mundo en tinieblas fuera mejor de lo que realmente es. Nuestra desilusión nos aparta de aquellos que pretendemos socorrer. Cuando solamente esperemos del pecador una conducta pecaminosa, sus acciones no despertarán en nosotros rechazo. Sospecho que Jesús vivía rodeado de pecadores porque ellos sabían que él, sin avalar el estilo de vida que llevaban, no los condenaba como personas porque solamente se conducían tanto como su naturaleza se los permitía.

Jesús se movió entre los pecadores

Jesús llevaba a cabo su vida y ministerio en los lugares donde estaba la gente. No encontramos una sola instancia en los evangelios en que los discípulos salieran a invitar a personas a una reunión con Cristo. Más bien él se encontraba con multitudes de necesitados a medida que transitaba por los mismos caminos y frecuentaba las mismas reuniones que ellos. La calle proveía el marco ideal para que el evangelio llegara a quienes nunca asistirían a una sinagoga o se sentían excluidos del severo sistema religioso de los fariseos.

Hoy, 90% de las actividades de la Iglesia tienen como objetivo la atención de los justos, no de los enfermos. Ocasionalmente invitamos a los pecadores a que se acerquen a nosotros para que puedan disfrutar de alguna bendición espiritual. La mayoría, sin embargo, no participará nunca en una reunión evangélica. Nosotros deberemos ir a los lugares donde ellos están. De hecho, todos los días estamos en los mismos lugares, pero nuestra tendencia a creer que solamente en las «reuniones eclesiásticas» se desarrollan actividades espirituales nos ha llevado a descartar las mejores oportunidades para ministrarlos. Necesitamos que el Señor vuelva a abrir nuestros ojos a la vida que transcurre a nuestro alrededor para que, en el momento oportuno, podamos realizar nuestro aporte, en el nombre de Jesús.

Jesús no excluyó a nadie

¡La lista de la clase de personas que se acercaron a Cristo es extraordinaria! En ella encontramos a un jefe de recaudación de impuestos muy odiado por el pueblo, a una mujer que ya iba por su sexto marido, a un desagradable leproso, a una mujer de mala vida, a un representante del enemigo y hasta a una cananea que, sin modales algunos, lo siguió a gritos hasta que consiguió lo que le pedía. Los improbables beneficiarios de la bondad de Dios, en las parábolas que contaba, son personas tales como un despreciable samaritano, unos holgazanes que trabajaron apenas una hora junto a otros que habían sudado el día entero, o un hijo que malgastó la fortuna que su padre, con tanto sacrificio, había juntado a lo largo de toda una vida de trabajo.

No cabe duda de que cierta clase de persona hoy en día, como los homosexuales, las prostitutas, los enfermos de SIDA o los transexuales, representan los estilos de vida más alejados de la realidad que atesoran los que son de la casa de Dios. No obstante, ellos también son bienvenidos en la familia del Señor. Nunca lo sabrán, sin embargo, hasta que nosotros se lo mostremos. Lejos de pasar «al otro lado de la calle» cuando se cruzan en nuestro camino, el Señor nos llama a extenderles la misericordia y compasión que nunca han recibido de nadie.

Jesús estuvo dispuesto a que lo usaran

Pedro, testificando de Cristo a Cornelio, afirmó que «Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, el cual anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con El» (Hch 10.38 LBLA). La frase «hacer bien» capta la esencia del corazón del Padre el cual, según Lucas, «es bondadoso para con los ingratos y perversos» (6.35). Los diez leprosos resumen lo que fue la experiencia de Jesús a la largo de tres años de ministerio: solamente uno de ellos respondió adecuadamente al regalo que había recibido del Señor. Muchos le seguían solamente por el beneficio que podían obtener. No obstante esto, Jesús ministró con la misma generosidad y bondad a cada uno de ellos, sin poner condiciones para la recepción de estos regalos.

Nuestras incursiones entre los perdidos muchas veces duran solamente el tiempo necesario para establecer si se van a «convertir» o van a comenzar a «asistir» a nuestras reuniones. No debe sorprendernos su falta de respuesta, pues ellos perciben que tenemos intereses escondidos. La vocación de ser sal y luz en la tierra implica el deseo de hacer bien a todos según uno pueda, sin importar la respuesta que nuestros esfuerzos reciban. Podemos ser generosos con otros, porque, en nuestras propias vidas, hemos recibido los beneficios de la misma bondad inmerecida.

Jesús impulsó a los discípulos hacia un compromiso con otros

Cuando los Doce lo animaron a que despidiera a la multitud para que fuera en busca de su propio alimento Jesús los exhortó: «denles ustedes de comer» (Mt 14.16). A pesar de que aún quedaba mucho camino por recorrer en el proceso de formación de ellos, reunió primero a los Doce y luego a los setenta y los animó a hacer por otros lo mismo que él estaba haciendo: los envió a proclamar la llegada del reino, a expulsar demonios y a sanar enfermos (Mt 9 y 10). Poco antes de partir se presentó entre los discípulos, ya resucitado, y les declaró: «como el Padre me ha enviado, así también yo los envío» (Jn 20.21). En todo, Jesús buscó la forma de combatir la tendencia natural en los hombres a pensar siempre en sus propias necesidades.

El concepto de que los pastores y líderes son los que tienen un «llamado» al ministerio está tan fuertemente arraigado entre nosotros hoy que la congregación de los santos se ha vuelto pasiva, espectadora del trabajo de unos pocos. La responsabilidad de ministrar en un mundo necesitado, sin embargo, ha sido entregada a todos aquellos que son parte de un «reino de sacerdotes» (1Pe 2.9–10). Debemos trabajar sin descanso para que cada uno tenga la misma pasión y vocación de servicio que Cristo formó en los primeros discípulos. Cuando la Iglesia completa se ponga en pie, ¡se habrá despertado un verdadero gigante!

Apuntes Pastorales, Volumen XXIV – Número 1. Todos los derechos reservados.


Debilitar al débil
por Christopher Shaw
El único requisito para alcanzar el éxito en los proyectos del Señor es confiar en él.

¿Se habrá equivocado de persona el ángel? El saludo, por lo menos, no coincidía en nada con la opinión que Gedeón se había formado de sí mismo: «El Señor está contigo, valiente guerrero» (Jue 6.12). El israelita no tardó en protestar. ¿Dónde estaba Dios, en medio de toda la aflicción que estaba sufriendo el pueblo por mano de los madianitas? Más bien, ¡él los había abandonado! ¿Y a qué valiente guerrero se refería el mensajero celestial? ¿No era la familia de Gedeón la más pobre de la tribu de Manases, y él el menor en la casa de su padre? ¿Qué podía hacer alguien tan insignificante ante un enemigo tan numeroso e implacable?

El desconcierto de Gedeón es comprensible. Siempre que miramos la vida con ojos humanos la perspectiva de Dios sabe a afrenta. La falta de aptitud para una misión tan arriesgada claramente había paralizado al joven israelita. En nuestros tiempos se le diagnosticaría como una persona con serios problemas de autoestima. Sería candidato firme para algunas sesiones terapéuticas. Nosotros, por nuestra parte, hubiéramos intentado animarle el corazón recordándole cuanto valía él para el Señor. Le hubiéramos recomendado cualquiera de los libros de autoayuda tan populares en nuestros días, con la esperanza de que el hombre creciera en su autoconfianza y se animara a emprender proyectos ambiciosos.

Gedeón ignoraba que, en los asuntos del Reino, ser débil es una ventaja definitiva. Precisamente por su falta de aptitud el Señor le había puesto el ojo. ¿No es esta, acaso, la historia del pueblo de Dios? Él escoge un matrimonio de ancianos para ser padres de una nueva nación, a un esclavo olvidado en una cárcel para ser primer ministro del pueblo más poderoso de la tierra, a un tartamudo para realizar delicadas negociaciones diplomáticas con Faraón, a un pastor de ovejas para derrotar a un imponente gigante que había paralizado a todo un ejército, a unos toscos pescadores para ser los primeros en la iniciativa de formar discípulos de todas las naciones. Estos son, definitivamente, los «grandes» que Dios ha usado a lo largo de la historia.

El Señor desconoce por completo nuestra obsesión en ayudar al débil a sentirse mejor, más confiado y seguro de sí mismo. En lugar de buscar la forma de levantar la autoestima de Gedeón, tal cual lo indican los más reconocidos terapeutas de nuestro tiempo, el Alto recorre un camino absolutamente insólito: decide debilitar aún más al débil.

Tras mucho esfuerzo Gedeón logró reclutar a 32.000 guerreros. Esta multitud era como nada ante el poderío madianita, que los superaba en cuatro a uno. No obstante, el Señor decide reducir el ejército de Gedeón y retira a 22.000 hombres. Ahora los madianitas los superan por trece a uno. ¡Sentimos lástima por el pobre Gedeón! El Señor, sin embargo, aún no ha terminado con él. En una segunda visita al desconcertado líder le señala que «todavía el pueblo es demasiado numeroso» (Jue 7.4 - BA). ¡No lo podemos creer! No obstante, el Señor excluye a casi la totalidad de sus hombres y lo deja con apenas 300 valientes. Ahora los madianitas lo superan en 450 a uno. Si le faltaba confianza al principio, ¿cómo se sentirá ahora Gedeón? ¿Perdido? ¿Vencido? ¿Desesperado?

Los obreros que más útil le resultan al Señor son los que han perdido toda esperanza de salir adelante por sus propios medios, que se sienten al borde del abismo y saben que solamente un milagro los podrá salvar de una muerte segura. En ese preciso momento de abandono absoluto comienza a actuar la gracia de Dios, ese don del cielo que se manifiesta más nítidamente en las vidas que más vacías se encuentran. La gracia de Dios es todo lo perceptible en nosotros cuando nuestros recursos humanos se han agotado. La gracia permite que se vean cualidades sobrenaturales en hombres y mujeres cuya existencia está firmemente ligada a lo finito y pasajero de este mundo. Es solamente por gracia que pasamos a ser socios plenos en los proyectos del Altísimo.

Necesitamos desesperadamente la gracia de Dios, porque nuestros mejores esfuerzos siempre padecen de la misma debilidad: no son más que esfuerzos humanos. No sirven para entrar en las profundidades del misterio de Dios. No obstante, ¡qué difícil nos resulta reconocer que estamos perdidos! Aun debiendo al rey una impagable fortuna exclamamos: «ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré». Por esta razón el Señor, en su bondad, decide ayudarnos en el proceso de morir, agravando aún más nuestra debilidad.

Ante nuestras más airadas protestas él exclama: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12.9). Cuando, después de toda una vida de esfuerzos, entendemos esta verdad, podemos comenzar a relajarnos. No somos nosotros los que conquistaremos a Madián, sino que el Señor lo entregará en nuestras manos. No necesito confiar en mí mismo, como tanto pregona la cultura hedonista de nuestros tiempos. Más bien, el único requisito para alcanzar el éxito en los proyectos del Señor es confiar en él. Esa confianza me permite exclamar, como quien ha perdido completamente la cordura: «con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí».

Copyright 2009, Apuntes Pastorales. Todos los derechos reservados.


«Usa bien la palabra de verdad»
por Jose Aldazabal
Esta es una serie de pensamientos, consejos y consideraciones para los predicadores. En cierto aspecto se presentan de manera jocosa.

1. El mensaje
El que habla en público está expuesto a la contradicción. A veces los que contradicen son los oyentes. A veces, el Espíritu Santo. Muchos sermones dejan la impresión de que sí valía la pena haberlos dicho. Si al mensaje no se le pide lo que no puede dar, es más fácil aceptarlo. Ciertos mensajes tratan de enseñar temas o aspectos que el pasaje no enseña. Es más fácil criticar un sermón que hacer un buen sermón.

2. La preparación del mensaje
Si el predicador no toma en serio el mensaje, los oyentes suelen hacer lo mismo. Muchos predicadores, mientras meditan y se preparan, piensan más en su sermón que en sus oyentes. En ocasiones piensan demasiado en cómo predicar, como consecuencia los oyentes son olvidados. Los predicadores suelen estar a la caza de nuevas ayudas o estrategias. Pero pocos acuden a escuchar a sus colegas. Y si van, es para ver lo mal que lo hacen. El que posee dos carreras y dos títulos, no necesariamente está por eso doblemente preparado. No siempre lo último es lo mejor. A veces lo penúltimo es lo más válido. Pero el que por su seguridad siempre dice lo mismo, corre el peligro de alimentar a sus oyentes con papilla (comida para bebés). Si el predicador no sabe qué quiere y cómo lo puede conseguir, no llegará muy lejos.

3. Actitudes de los oyentes
No todo lo que le gusta al predicador gusta también a los oyentes. Los que prefieren sermones «edificantes», quedan muy satisfechos cuando escuchan uno que lo es. Pero si resulta un sermón «progresista», se reafirman en su opinión anterior. Los que prefieren sermones «progresistas», quedan muy satisfechos cuando escuchan uno que lo es. Pero si resulta un sermón «edificante», no por eso cambian su opinión: se reafirman en su gusto anterior. El que quiere permanecer como es, quiere que también la teología y el mensaje permanezcan como son. Así puede estar más seguro.

4. El mensaje y el texto bíblico
Hay sermones en que el texto bíblico se esconde detrás de la explicación y no hay dónde adivinar qué texto es. La elección del texto suele depender del tema que el predicador quiere explicar. Y el texto no suele influir gran cosa en el mensaje. El que tiene interés en hablar de un tema, medita tanto que al final el texto se adapta al tema. El mejor texto no logra impedir que se digan de él barbaridades. Sobre el mismo texto se oyen sermones tan diferentes, que parece que son textos distintos.
A veces se empieza soñando con las fuentes del Jordán y al final se va a parar al Mar Muerto.
El texto bíblico sirve para todo. El mejor modo de leer un texto es ponerse en la parte de los oyentes.

Algunos predican en dirección contraria al texto elegido. El que predica contra un texto suele tener en la cabeza otro texto. Sería mejor que comentara éste otro. El que no toma en serio el texto bíblico, tampoco toma en serio a sus oyentes. A veces la Biblia habla mucho más claro que los predicadores que quieren explicarla. Lo que el texto quiere decir y lo que el predicador quiere decir no siempre coinciden. La exégesis vale para todo. Se puede meter en el texto lo que luego se quiere sacar de él.
Dijo el predicador: «lo que yo digo no vale nada; lo que les dice el evangelio lo es todo»; pero si eso lo afirman sus oyentes, no le hace ninguna gracia.

5. El modo de predicar
No es bueno que la única fuerte del sermón esté en el micrófono. No por mucho gritar se convence más al auditorio. Demóstenes ejercitaba su oratoria en la playa. Los cantores ejercitan su voz ante el espejo. Algunos predicadores lo único que ejercitan es la paciencia de los oyentes. El peligro mayor de los predicadores es la melancolía. La homilética debería admitir a su lado a la antihomilética. La crítica contra la homilética ha producido muchas teorías, pero no mejor predicación. Ya Lucas habló de las dos al hablar de las dos hermanas de Betania: el que predica, a pesar de todo, es como María; el que se afana por teorías y críticas, es como Marta; y María escogió la mejor parte. Las frases ingeniosas gustan mucho. Pero cansan pronto. Si hay mucho ingenio, brilla más el predicador que el evangelio.
También sin palabras difíciles se puede decir algo.
No por mucha «aplicación» al pasaje en cuestión, logra uno hacerse entender mejor.
Exhortar al público en el sermón, es un género muy antiguo en la historia. Ya Juan el Bautista lo hizo. Los fariseos le escuchaban con gusto, cuando reprochaba al pueblo. El pueblo, cuando exhortaba a los fariseos. Hasta Herodes lo escuchaba con gusto. Sólo Herodías no encontraba satisfacción en esta clase de sermones.
La ironía es mala compañera de la predicación. Sólo vale cuando se hace con amor y cuando la ironía es irónica.
Si se tarda mucho en la introducción del sermón, se cansan los oyentes antes de llegar a la sustancia. Al éxito de un buen sermón viene de acabarlo a tiempo.
Cuando el sermón es demasiado largo, lo único que consigue es aumentar el aburrimiento.

Resumen en español de Homiletische Akupunktur, (Gotinga, 1976, 191 págs.). Por W. Jetter. Citado en «El Arte de la Homilía», Dossiers Cpl 3, Centro de Pastoral Litúrgico de Barcelona, Rivaneyra, 6,7,2. Editado por José Aldazábal. Se usa con permiso.


Culpable del cuerpo, culpable de la sangre


Culpable del cuerpo, culpable de la sangre
La celebración de la Cena del Señor debe hacernos recordar la razón por la cual fue necesaria esa muerte

Texto Bíblico base: 1 Corintios 11.26-27 (Contexto 11.17-34)

En todos los años que llevo sirviendo dentro de la iglesia, estudiando y enseñando la Palabra de Dios, nunca he podido entender cuál es el origen de cierto concepto firmemente instalado en la mayoría de las congregaciones que he conocido. Esta enseñanza afirma que participar de la cena en forma indigna se refiere a no estar bautizado. Cuanto más leo el pasaje sobre el cual hoy meditamos menos sustento encuentro para este argumento.

Es verdad que Pablo afirma, en 1 Corintios 12.13, que por medio del Espíritu fuimos todos bautizados en un mismo cuerpo. La afirmación, sin embargo, no da ningún indicio de que es esto lo que tenía en mente cuando exhortó a la iglesia acerca de la práctica de la cena. Pablo amonesta a la iglesia por un tema que ya ha tratado en otra parte de su carta, el asunto de las divisiones existentes entre ellos. Esto forma la base de su exhortación. Su tristeza se debe a que «al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga» (v. 21). Es decir, dentro de las reuniones se veían los mismos comportamientos egoístas e individualistas que caracterizan a aquellos que no tienen a Cristo. Cada uno pensaba solamente en su propia necesidad, sin importarle la situación de la persona que tenía a su lado. Por esta razón el apóstol afirma que cuando se congregaban no era «para lo mejor, sino para lo peor» (v. 18).

En la carta a la iglesia de Éfeso el apóstol declara que «todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (4.16). El texto claramente revela que el crecimiento del cuerpo se produce cuando las partes están unidas y funcionan correctamente el uno con el otro. Cuando cada parte del cuerpo piensa solamente en su propia necesidad, no puede cumplir la función para la cual fue creada, que es bendecir y complementar las otras partes del cuerpo.

La cena es un tiempo en el cual recordamos la muerte de Cristo. El acto de recordar, sin embargo, no se concentra en la muerte física del Mesías, sino en la razón por la cual fue necesaria esa muerte: el pecado que nos convirtió en seres completamente desinteresados en Dios y en los demás. Cuando participamos indignamente de la cena estamos despreciando el sacrificio que buscó revertir esa situación, porque insistimos en los mismos comportamientos pecaminosos que han caracterizado la vida del hombre desde la misma caída.

Para pensar:
¿Qué actitudes en su vida podrían ser de poca edificación para el cuerpo de Cristo? ¿Qué pasos toma para combatir el individualismo que es común en todos los hombres? ¿Cómo puede mostrar mayor aprecio por el sacrificio que Cristo hizo en la cruz?

Autor: Christopher Shaw. Producido y editado por Desarrollo Cristiano Internacional para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2009 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.


lunes, 1 de junio de 2009

Un sello en tu corazón

Pastor Sonia Luna durante la enseñanza
Un sello en tu corazón

Tus sentimientos son tesoros que debes guardar y proteger. El Señor obra en la vida de quienes le abren su corazón.

Lucas 24:15-21 comparte: Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.

Este pasaje nos habla de cómo el pueblo de Israel no cambió a pesar de la resurrección del Señor. Él vino a redimir corazones pero encontró resistencia. Es importante comprender que el cambio depende de nosotros. La promesa de redención es para cada uno, tómala y no la desperdicies.

Corazón dispuesto a cambiar

Hechos 16: 6-15 relata: Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas. Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos. Cuando vio la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos.

Pablo tuvo un encuentro con Jesucristo y cambió de forma sobrenatural. A partir de ese momento fue guiado por el Espíritu Santo quien le decía dónde debía ir. Ahora nos sucede igual. Deja que el Señor oriente tu camino, nada es casualidad, aunque algunas veces no comprendas porqué tus pasos te llevan a cierto lugar o al encuentro con determinadas personas, si estás con el Señor confía en que Él guía tus pasos.

Lidia era una mujer profesional que adoraba a Dios y en ese momento abrió su corazón. A veces no comprendo porqué es necesaria esa apertura cuando ya tenemos abiertos los ojos y el entendimiento. Pero el Espíritu Santo me aclara que el corazón cerrado por ofensas, tristezas, cóleras o enojos endurece toda nuestra voluntad y nos hace vulnerables a influencias negativas. Así como Lidia, debemos comprender la Palabra pero sólo con un corazón blando y dispuesto podremos lograrlo.

Corazón protegido

Proverbios 4:23 dice: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.

El crecimiento espiritual y material depende de lo que guardamos en el corazón. Si no crecemos más es porque algo no está bien dentro de él.

Proverbios 23:7 complementa: Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Come y bebe, te dirá; Mas su corazón no está contigo.

El Señor toca nuestros corazones, transforma, cambia y renueva si le permitimos hacerlo. Analiza tu interior, busca la presencia de Dios para descubrir porqué piensas y sientes que todo en tu vida es negativo. Muchas veces esto sucede porque conectas tu corazón con tu mente y dejas que te domine. Si tienes malos pensamientos tendrás malos sentimientos y llenarás tu corazón de amargura. Por el contrario si estás lleno de las promesas y amor de Dios nada te turbará y podrás compartir toda esa bendición a tu alrededor. Lo que sucede en tu corazón se refleja en actitudes y forma de actuar.

Protege tu corazón. Llénalo solamente de cosas positivas y buenas porque es como una caja fuerte donde se guarda solamente lo más preciado y valioso. No lo llenes de la basura del resentimiento y dolor que limitarán los frutos de tu existencia. El pastor Cash dice que la vida no que mide por años sino por logros. De nada sirve tu fe sin pruebas palpables que confirmen la herencia de salvación que posees. Para realizarnos necesitamos logros que obtendremos con un corazón dispuesto y abierto al Señor. Sólo donde hay vida hay crecimiento.

Un tesoro en tu interior

Lucas 6:45 dice: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.

Si te expresas mal y atiendes a cosas inapropiadas pide al Señor que te de dominio propio. Dice la Biblia que los ojos nunca se sacian, así que de ti depende con qué llenas tus sentidos, mente y corazón. Una persona amorosa tiene a Dios en su interior. Sólo se puede dar lo que se tiene.

Tu corazón es como un cofre de tesoros. Si las actitudes, palabras y pensamientos son malos es porque has guardado basura en tu él. Recuerda que los deshechos huelen mal y corrompen todo lo que tienen alrededor. Aunque sea difícil porque tienes años guardándola, debes eliminar toda esa basura de tu interior. Mentir, robar o tener malas costumbres tal vez es más cómodo pero hace daño y no vale la pena darles cabida en ese lugar tan preciado. Todo lo que no construye debe salir fuera. La basura tiene su lugar y no es dentro de ti.

En Filipenses 4:8 leemos: Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.

Cuando logres eliminar lo que corrompe, podrás encontrar y utilizar la herencia espiritual que estaba debajo de lo malo. De la misma forma como tu herencia genética te ha dado rasgos físicos, tu herencia sobrenatural fundamenta las maravillas de tu Padre Celestial. Búscala en tu interior y cultívala rodeándote de las personas adecuadas que puedan ayudarte a fructificarla, como tus líderes y pastores. Personalmente he recibido la herencia de la consolación, el perdón y salvación, además de la sanidad y bendición de tener un compañero amoroso y fuerte con quien he construido un sólido matrimonio en el Señor. Todo me fue revelado durante la última noche de un retiro de seis días donde Dios abrió las puertas de mi corazón y supe que me amaba. Estoy segura que todos tenemos testimonios de la obra del Padre. Él nos ha demostrado de muchas formas cuánto anhela habitar en nuestro corazón. No le niegues la entrada.

Exalta Su nombre tomando tu herencia espiritual. Usa lo que Dios te ha dado para ver los milagros en tu vida. Atesora solamente aquello que vale la pena.

Frutos del corazón

Romanos 14:17 nos comparte: porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Para lograr justicia, paz y gozo, frutos de un corazón sano y limpio debes ser constante en tu aproximación al Señor y su ministerio. No te resistas a su amor. Pídele que saque a luz lo bueno que tienes dentro. Elimina de raíz todo lo que pueda podrir tus sentimientos. El Espíritu Santo te ayudará a hacerlo si le pides restauración. Acércate al Señor que te limpiará de toda impureza y te convertirá en una persona capaz de agradecer y adorarle. Pídele dominio propio y pensamientos renovados para poder ser luz en las tinieblas. Él obrará en tu vida si dejas que reine en tu corazón.